Monseñor Gian Lucca Rota es una figura entrañable y un pilar fundamental en la historia de la Asociación San Gabriel, un hombre cuyo profundo amor por las misiones transformó nuestra comunidad. Originalmente párroco en la localidad de Ranica, en Italia, su vínculo con nosotros nació gracias a las insistentes invitaciones de nuestros fundadores, María Luisa Cortinovis y Sergio Beretta. Al viajar a La Troncal por primera vez, él esperaba encontrar una modesta "escuelita misionera", pero quedó profundamente maravillado al descubrir la imponente magnitud de nuestro colegio técnico y la admirable disciplina, orden y silencio de nuestros jóvenes estudiantes.
Cautivado por esta obra que encarna fielmente nuestro lema de "educar compartiendo la vida", tomó una decisión providencial que marcaría para siempre a nuestra institución: tras jubilarse como profesor en un liceo científico de su país natal, eligió vivir su retiro entre nosotros. Fue acogido como un miembro efectivo de nuestra familia misionera y se convirtió en el padre espiritual de cientos de estudiantes. Cada mañana tenía su cita inquebrantable con Dios en nuestra capilla, consolidándose como un pastor cercano, siempre dispuesto a escuchar, aconsejar, confesar y confortar a todo aquel que lo necesitara.
Su vocación pastoral vino acompañada de una caridad inmensa que impulsó directamente la calidad de nuestra formación técnica y nuestro impacto social. En el año 2008, financió en su totalidad la construcción del Centro de Especialidades Médicas que hoy lleva su nombre. Además, su respaldo a la educación se materializó donando osciloscopios y herramientas para el laboratorio de electrónica en el año 2000, adquiriendo valiosos lotes de maquinaria industrial para los talleres en 2010 y liderando la creación de la "Onlus San Gabriel" en Italia en 2009 para asegurar el financiamiento continuo de nuestra misión.
Hoy, toda la familia institucional recuerda a Monseñor Gian Lucca con profunda gratitud, reconociéndolo como nuestro eterno "ángel protector". Más allá de sus grandes obras materiales, su caridad silenciosa proveyendo medicinas a los enfermos, ayudando a reparar techos de hogares humildes y apoyando económicamente a estudiantes pobres para que lograran ser profesionales dejó una huella imborrable. Desde el cielo, sabemos que sigue cuidando de nosotros, bendiciendo el esfuerzo diario por formar buenos cristianos, ciudadanos conscientes y profesionales capaces.